Es la tarde del 7 de agosto. La capital de Osetia del Sur está tranquila. Después de tanto bombardeo y enfrentamientos sin fin, es como si uno pudiera respirar y oler el silencio. Respirar hondo te llena los pulmones y te hace estremecerte dentro del puño de la guerra como el envoltorio de celofán de un paquete de cigarrillos. Respiro en la calma.
El ir y venir de los ratones, en alguna parte entre el techo y el desván, rompe el silencio absoluto. Es difícil creer que alguien pueda volver a las tareas del día en un día como éste.
Los roedores están ocupados moviendo cosas, de un lado a otro, como si supieran que hace algunas horas el presidente georgiano ha prometido no bombardear más sobre la capital osetia.
Si ya no hay más bombardeos, uno puede volver a las tareas diarias.
Sin embargo, los roedores y yo disponemos tan sólo de cinco minutos más para volver a nuestros quehaceres. A las 10.05 p.m. el juego de los "ratones" llega a su fin: Mikheil Saakashvili incumple su palabra. Misiles y bombas llueven sobre la ciudad, retumban las paredes y las ventanas. Es como si cada explosión se llevara partes del cielo y las lanzara contra la ventana.
Corrí, junto con otros, a esconderme en el sótano de una casa de la calle Stalin (probablemente destruida ahora) en el centro de Tsjinvali.
Salimos con lo que llevábamos puesto cuando sobrevino el bombardeo: pijamas, albornoces y pantalones cortos. Muchos ya se habían ido a la cama cuando las bombas georgianas empezaron a llover sobre la ciudad y los acuerdos y promesas volaron a la vez que los pedazos de los cimientos de las casas y los trozos de metal retorcido de lo que antes era un coche. "Ma tars, ma tars." (en osetio: "No tengas miedo"), una madre tranquiliza a su hijo Batradz. El chico, de 8 años, ha escondido la cabeza en el regazo de su madre y sobresaltado tras cada explosión le pregunta: "Mamá, ¿por qué están disparando? ¿no saben que mañana empiezan los Juegos Olímpicos? ¿Por qué nadie les dice que durante los Juegos Olímpicos no debe haber guerra?.
Sobre las 11 p.m. se fueron las luces tanto en el sótano donde estábamos escondidos como en toda la ciudad de Tsjinvali.
Los sentidos suelen agudizarse cuando la oscuridad es como boca de lobo.
Puedes distinguir hasta el ruido más mínimo, como un ciego, e inmediatamente lo asocias con imágenes que se proyectan ante los ojos de la mente.
Arriba, en la superficie, el cielo negro de la noche se ilumina con la blanca llamarada de la explosión de las bombas, la cual por unos instantes lo hace parecer un enorme negativo fotográfico.
Las esquirlas pasan zumbando cual abejas volando cerca del suelo. Las balas emiten un silbido raro como si alguien frunciera los labios para silbar pero, en vez de hacerlo, simplemente inspirara aire.
Suena el cañón de un vehículo blindado "ta-ta-ta. ta-ta-ta". "Iratta razma!" ("Venga"), una voz grave, casi de empresario, llega de la calle. Pasos rápidos de seis pares de botas militares sobre cristales rotos y fragmentos de ladrillo y yeso.
"Ma tars, Batradz. Ma tars," las palabras de la madre quedan ahogadas por el eco ensordecedor de una bomba que deja hecho añicos un bloque de apartamentos cercano.
Es como si alguien diera un gran portazo cerca de tus oídos. Trozos de hormigón se desprenden del techo del sótano.
Pero ni siquiera los obuses en los cercanos Ergneti y Nikozi suenan tan aterradores como las balas que disparan los lanzamisiles Grad (Hail) desde mucho más lejos, en Gori.
En cuanto los misiles aciertan su objetivo emiten un sonido como si fueran la llama de unas flechas gigantes con la punta encendida.
Los Grads se lanzan al azar de manera que las nubes de "flechas" caen sobre los tejados de las pacíficas casas de Tskhinval.
El bombardeo continúa y la gente se prepara para pasar la noche en el sótano.
.5 a.m. de la mañana del 8 de agosto. El bombardeo de la ciudad desde las posiciones georgianas ya dura 7 horas.
A mi teléfono móvil le falla la batería, y me va a dejar absolutamente incomunicado.
Llamo a las oficinas de la editorial, en Moscú, para decirles que dentro de nada perderé el contacto porque no tengo dónde recargar el móvil.
La batería de mi teléfono se apaga a las 9 a.m. Ya es de día en Tsjinvali.
Recordando la regla de oro de "en la guerra quien corre, sobrevive," me voy del sótano a otro sitio. Corro junto a una pared, con la cabeza entre los hombros. Balas y fragmentos golpean el camino levantando pequeñas nubes de polvo. En la ciudad, comandos georgianos y combatientes osetios siguen con el tiroteo. Oigo a los combatientes osetios OMON gritando: "¡Venga, rápido! Un tanque está clavado en la calle Khetagurov."
Olvidé el cansancio, corrí muy rápido y giré la esquina. "¡Bang!" - me caí de bruces después de golpearme en los oídos y los ojos.
Nubes de polvo se levantaron sobre el suelo, cerca de mis propios pies. Era el resultado de una granada que había estallado a unos cinco metros. Me levanté y corrí, a la par que escupía polvo.
En la otra parte de la calle cuatro soldados osetios se dirigen hacia donde estoy. Uno de ellos recarga su fusil automático mientras corre. El mayor no parece tener más de 23 años. Unos pasos más y me meto en la portería de un bloque de cinco pisos. Veo figuras de gente en el umbral. Mujeres y niños han buscado refugio en el sótano debajo de las escaleras. Me llega un llanto mudo de abajo. ¿Cuánto durará el bombardeo?
Levantemos los brazos y entreguémonos antes de que nos maten a todos. Parece que Rusia se ha olvidado de nosotros," se oye desde el sótano la voz de una mujer cansada. Rodeado de mayores, mujeres y niños uno no puede sino sentirse culpable. El lugar de todo hombre joven ahora es la guerra, defendiendo a su gente; para él no hay sitio entre los mayores y los niños.
En el sótano hay unas veinte personas y casi nadie se atreve a subir. Sólo un señor mayor, Inal, ex efectivo de las fuerzas de paz y en activo en 1992, cruza tranquilo la calle a la altura de la entrada mientras el bombardeo sigue. "J--- con la guerra, lo importante es el ejercicio," masculla el veterano mientras dos policías osetios llevan a un combatiente herido en los brazos y las piernas hacia la entrada.
.El herido ha alzado la vista, y sus pestañas al abrir y cerrar los ojos son como las alas de una mariposa.
Está aturdido por el dolor. Su uniforme está agujereado en dos sitios y la sangre arterial, roja y brillante, le chorrea por el lado izquierdo de la cadera . Lo llevan a la entrada. Un policía rechoncho se descuelga la escopeta del hombro con un movimiento de experto y lía una venda alrededor de la caja del rifle para improvisar un torniquete. Alguien ha llevado clóruro de amonio.
"Shai ho, kuyzh kuylyhai na maly" ("Vale, un perro no muere por quedarse cojo"), le dice el policía al combatiente, quien aprieta los dientes de dolor. Ese es el refrán osetio equivalente al ruso "se habrá curado hasta que te cases." El rechoncho policía surosetio mete las manos, enormes y curtidas por el trabajo, en un cubo de agua fresca y frota el pecho y la cara del herido . "Vale, nos tenemos que ir," dice el policía agarrando al herido por debajo de los brazos.
"¿De dónde eres?" me pregunta el viejo Inal. "Soy un periodista de Moscú," contesto. "Vamos a picar algo," dice el ex efectivo de las fuerzas de paz con la voz ronca de fumar. "Con guerra o sin ella, hay que comer."
"Los rusos vendrán hoy, nos ayudarán," dice Inal al mismo tiempo que pone al fuego un poco de alcohol seco en una cocina de gas: "Espero que ataquen Gori y Tiflis - es lo que más quiero."
"Los tanques georgianos ya están en la ciudad, va a ser difícil sin los rusos," ha dicho el ex efectivo de las fuerzas de paz, sorbiendo el café recién hecho.
Lo mejor que puedo hacer es permanecer en silencio. Sin embargo, dos aviones georgianos SU-25 rompen nuestro silencio. Uno de ellos abre fuego contra la casa donde estamos - nada más que por divertirse. Inal y yo corremos al sótano.
Otra vez oscuridad húmeda. Hay un pequeño agujero por donde se ven las tuberías que atraviesan la pared. Da al sur, hacia el lugar por el que avanzan los comandos georgianos.
Es peligroso meter la cabeza en el agujero: las balas entran por el agujero y dan en el hormigón del techo del sótano con un sonido hueco. Me he sorprendido a mí mismo pensando que toda mi corta vida, los esfuerzos de mis abuelos que me criaron, mis universidades y todos los inteligentes libros que he leído, que todo eso, no ha sido más que la preparación para este momento en que las bombas estallan sobre tu cabeza y tú, instintivamente, hundes la cabeza entre los hombros y sientes el sudor recorriéndote la espina dorsal.
Parece como si la muerte estuviera cerca, y huele a humedad y a labios secos. Ahora, cuando los aviones vuelven a bombardear en picado sobre ti y sabes que dispararán, pues oyes el rugido de los motores cada vez más próximo, te sientes como si fuera tu último día.
No es miedo sino más bien dolor por lo que podrías haber dicho o hecho.
De repente los aviones dejan de bombardear y vuelan hacia el sur, en dirección a Georgia. ¿Qué está pasando? En unos segundos un coro ensordecedor de miles de voces que grita "¡Hurra!" viene de la calle. Una multitud de gente está dando la bienvenida a los vehículos blindados rusos que ha entrado en Tsjinvali.
"Habéis llegado, chicos," grita Inal. "¡Ahora van a ver!" Corro por la calle, el rugido de los blindados rusos suena cerca.
Los soldados rusos echan a las tropas georgianas de Tsjinvali. Un hombre, de ojos saltones por el horror,corre hacia mí. "Ayúdame. ¿Qué voy a hacer? Soy georgiano, trabajaba aquí, en Tsjinvali.
Soy un trabajador, ¿a dónde voy a ir?" gritó en ruso con acento extranjero. "Corre," le digo, y vuelvo a preguntarme sobre el horror de la guerra en la que los primeros en sufrir son los civiles inocentes.
El reloj da las 3 p.m.
A las 7 p.m., cuando el tiroteo y el bombardeo se calman y las detonaciones de las ametralladoras van disminuyendo, dejo Tsjinvali envuelto en llamas y dolor.
Las tropas rusas han conducido a los georgianos fuera de la ciudad, pero todavía la guerra no ha terminado.
Aún quedan civiles en la ciudad. Tsjinvali todavía está en los puños de las sucias manos de la guerra. Una guerra desencadenada sin previo aviso al abrigo de la noche. Una guerra cuyas víctimas han sido y seguirán siendo siempre, los civiles. Una guerra que te arranca el alma y te la arruga entre sus manos sangrientas como si fuera el envoltorio de celofán de un paquete de cigarrillos.